Soy terrible en videojuegos.
A los 11 años, en plena pandemia, me di cuenta de que los videojuegos no eran para mí. Mientras otros mataban el tiempo consumiendo entretenimiento, abrí un editor de código por aburrimiento. Mi idea de diversión se convirtió en aprender a construir mis propias herramientas desde cero.
Esa curiosidad se volvió obsesión. No aprendí con tutoriales aburridos ni estudiando para exámenes. Aprendí construyendo cosas reales, rompiendo entornos de producción, leyendo codebases complejos y corrigiendo mis propios errores.
Hoy no contratas "solo a un chico que programa". Contratas 5 años de ventaja y miles de horas de prueba y error obsesivo. Te asocias con un arquitecto que no parará hasta que tu sistema funcione impecablemente, entregando una experiencia de software premium, sin la burocracia de una oficina corporativa.